HERMANN BROCH: “Un filósofo extraviado en el reino de la literatura”

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Hermann Broch, Viena, ca. 1907

 

EL MIÉRCOLES 30 de mayo de 1951 murió Hermann Broch tras años de duro exilio en los EE.UU. Fue incinerado y enterrado en el pequeño cementerio de Killingworth (Connecticut). Poet and Philosopher son las palabras que aparecen grabadas en su lápida y que resumen muy bien su trayectoria como escritor.

Hace concretamente diez años tuve el placer de traducir la poesía completa de Hermann Broch, junto con mi amigo Rafael-José Díaz. El volumen, que apareció en la Editorial Ígitur, lleva por título En mitad de la vida. Poesía completa. Era la primera vez que leía en profundidad al escritor y poeta austríaco. Tan en profundidad como suele hacerlo un traductor que compagina su labor de traducción con la búsqueda de provechosos datos históricos y biográficos que enriquezcan su trabajo.

Hay un sentimiento que recorre la vida, las obras y, por supuesto, la poesía de Hermann Broch, y es cierta melancolía; el deseo de quien hubiera querido cambiar algunas cosas en su vida mezclado con la certeza de quien sabe que es una tarea ya imposible. En la vida de Broch fallaron los cimientos: un padre colérico, una madre en la que no encontró demasiada protección y un hermano por el que sentía unos celos enfermizos lo expusieron a un peligro siempre acechante y desconocido que tejió en él una personalidad introvertida. Obligado a valorar el dinero, los negocios familiares y el ascenso social, obsesión de todas las familias de judíos asimilados, se le negó la posibilidad de cursar estudios humanísticos y centrarse en las ciencias del espíritu que hicieran realidad su deseo de convertirse en escritor y poeta: se vio forzado a estudiar tecnología textil y a asumir en el futuro la dirección comercial de la empresa familiar, echando a perder su propia vida. Mantuvo reprimido se deseo de convertirse en escritor pero sentía devoción por Thomas Mann, leía a Karl Kraus (Die Fackel) y se conmovía con Hermann Hesse. Le interesaba una literatura que tratara problemas filosóficos como la crisis de Europa y la decadencia de sus valores. Se adentró en la filosofía de la mano de Kant, Schopenhauer, Nietzsche o Kirkegaard. Este era el Broch que se ocultaba bajo su aspecto de dandi.

Rechazó escribir su biografía porque se consideraba un hombre abiográfico, a pesar de haber sido testigo de las dos grandes guerras europeas y de un doloroso exilio. Se concebía como un hombre que tan sólo vivió y escribió. Es, por tanto, en su obra donde debemos rastrear su biografía: en su trilogía Los sonámbulos, en Los inocentes, en La muerte de Virgilio, en su última novela El maleficio… y sobre todo en su poesía, que nunca quiso publicar porque siempre fue más exigente con ella que con su prosa. Un buen poema tiene que cumplir “condiciones imposibles de satisfacer”: “debe desvelar un ámbito nuevo de realidad” pero sin poder dejar de estar condicionada por dicha realidad. A pesar de todo, sintió la necesidad de “reelaborar partes de realidad que no son captadas por medio de la prosa”. Sus poemas se nutren de los más delicados recuerdos de su vida: personas que conoció, el misterio matemático, que siempre le atrajo, sitios que visitó, el secreto de la vida y del amor, paisajes de su infancia o el tema de la vejez o del envejecer. He seleccionado un entrañable poema de 1935, recogido en el libro En mitad de la vida. Poesía completa, para que el lector pueda hacerse una idea de la enorme sensibilidad de Hermann Broch como poeta.

Broch  

 

Mañana serena de primavera

(1935)

 

Entró volando aún caliente del sol

y se posó, tan llena de primavera, en mi mano,

tan inexplicablemente extraña, tan referida a sí misma;

y no era, sin embargo, sino una hoja de haya primaveral.

Así yace el mar en su cuenco terrestre,

así descansa la nube en la gran mano,

cada corazón descansa desconocido de sí mismo,

extraño para sí mismo, y también trae desde siempre las

marcas del fuego

del propio ser inscritas como nombres con hierro candente.

Y como el mar con las mareas más apacibles

golpea sereno alrededor de las rocas rígidas,

surge un brillo cristalino desde el volcán que aguarda

extensiones sin nubes que tiemblan diáfanas,

ajenas al éter, pero envueltas totalmente por él,

y en el aliento de lo perdido

cada cosa ha depuesto su nombre.

 

Pues felizmente cuelga la campana en el azul,

ningún silencio calla en ella y ningún lenguaje habla,

su luz esférica absorbe, llena de un dulce vacío,

el ser del mundo en la silenciosa ingravidez

y lo transforma en lo nuevo increado:

elevado serenamente por el aliento primaveral,

el mundo, tranquilo, se abandona suavemente a sí mismo,

y, anónimas, la mano, la hoja, las olas inmóviles,

oh, felicidad invisible que escucha,

entonces, apacible, la ola de las mareas del ser

choca, cristalina, en la pared de las campanas

y, plateada, toca la claridad en la claridad,

para que, suave por el sonido de la fuente lejana como las nubes,

cada cosa se nombre clara y nueva…,

incluso la hoja de haya en mi mano.

Stiller Frühlingsmorgen

 

Noch sonnenwarm kam es hereingeflogen / und lag in meiner Hand so frühlingssatt / so unerklärlich fremd, so auf sich selbst bezogen / und war doch nur ein Frühlingsbuchenblatt. / So liegt das Meer in seiner Erdenschale / so ruht die Wolke in der grossen Hand / ruht jedes Herz sich selber unerkannt / sich selber fremd, trag´s auch seit je die Feuermale / des eignen Seins als Namen eingebrannt. / Und wie das Meer mit sanftesten Gezeiten / still schlägt im Rund die starren Felsen an, / es haucht kristallner Glast aus wartendem Vulkan / durchsichtig zitternd wolkenloses Breiten / dem Äther fremd, doch ganz von ihm empfahn, / und in dem Hauche der Verlorenheiten / hat jedes Ding den Namen abgetan. // Denn glückhaft hängt die Glocke in der Bläue / kein Schweigen schweigt in ihr und keine Sprache spricht, / voll süsser Leere saugt ihr Sphärenlicht / das Sein der Welt ins stille Ungewicht / und wandelt es ins unerschaffen Neue: / vom Frühlingsatem still emporgezogen / liess still die Welt sich selber lind zurück / und namenlos die Hand, das Blatt, die unbewegten Wogen, / oh lauschend unsichtbares Glück, / das sanft des Seins Gezeitenwelle / kristallen anschlägt an die Glockendwand / und silbern rührt die Helle an die Helle, / dass sanft vom Klang der wolkenfernen Quelle / ein jedes Ding wird klar und neu benannt –, / sogar das Buchenblatt in meiner Hand.